domingo, 23 de diciembre de 2018

FELIZ NAVIDAD Y PRÓSPERO 2019


 Que la energía del amor colme los días.



                                                               Rosa Campos Gómez









viernes, 21 de diciembre de 2018

EN LA ANDADURA DE `CRUZAR EL RÍO´



Cuando termina un año es casi irremediable mirar nuestro paso por él. Este 2018 para mí está lleno de valioso contenido –aun no habiendo realizado todos los proyectos que anoté en la hoja mental de los propósitos–. Entre las cosas especiales que han contribuido a ello se encuentran los regalos emocionales que me ha aportado la todavía corta vida de Cruzar el río. La relación con quienes lo han leído, han comentado o me han apoyado de alguna manera en este caminar me ha deparado motivos de alegría, y eso no tiene precio; inmensas gracias por todo ello, también a la Editorial Tres Columnas por la confianza depositada.

Gracias por la colaboración y apoyo en las presentaciones:
Gracias por todas las RESEÑAS.

Gracias por las FOTOGRAFÍAS COMPARTIDAS.

Cruzar el río trata de las dificultades económico-sociales que surgen durante los años más duros de la última crisis, en los que las mujeres, por una serie de desencadenantes que vienen de lejos, son las más perjudicadas;  pero también se habla de lo entrañable de las relaciones donde anidan la amistad y el cariño y de la alegría que acontece en la experiencia de lo tradicional en la vida del pueblo, como veréis en el fragmento que comparto, relacionado con la Navidad y Reyes, fiestas que  también tienen cabida en la historia que se narra en esta novela:
       “…buscó pero no encontró la caja, lo que sí halló el día cinco de enero fue la algarabía melosa y envolvente que sonaba por algunas de las calles del casco antiguo como la Mayor y las adyacentes al Paseo, y al entorno de Plaza de España y Mercado de Abastos, que eran algunas de las zonas con más solera de Segisa –la ciudad era bastante más extensa de lo que ella nunca se imaginó cuando vivía fuera– que le gustaba sobre manera recorrer. Josefa y Lola dijeron que en navidades pasadas las calles estaban más alegres por las luces que las decoraban, pero que aquel año la crisis lo estaba dejando todo casi sin luz. Sin embargo la precariedad monetaria no impidió el deambular de sus gentes, ni que los Reyes Magos hicieran su recorrido anual partiendo de algún lugar remoto –que los más pequeños eran los que mejor visualizaban– hasta aparecer en las cercanías del Puente de Los Ojos donde eran recibidos por un cuantioso y animado público, entre el que había muchos padres izando sobre sus hombros a sus retoños más pequeños, que esperaban ilusionados aguzando la mirada desde lo alto del Mirador de la Fortaleza hacía el puente que atravesaba el río Blanco, y más allá, donde los olmos centenarios, agarrados fielmente a la tierra, abrirían paso a los portadores de regalos y de carbón. Desta, que acudió con sus amigos a aquel lugar que tenía el poder de sobrecogerla desde el primer día, se sintió tan cautivada como aquella primera vez.
       La vega, regada por las aguas que por allí fluían, era un sublime regalo para los ojos: a esa hora las arboledas de frutales, desnudas, tenían más de pardo que de granate; las palmeras, más exiguas en número, estiradas a todo lo largo de su columna andaban transmutando sus ramas del verde vejiga a un azul Prusia; el eucalipto, gigante vigía desde su cornijal junto al puente, dominaba en derredor; y las casas antiguas y diseminadas comparecían con un viso de frágil eternidad. En el horizonte, un ocaso con arreboles púrpuras que se encendían entre la gama de azules y las estelas de espuma del cielo aportaba un decorado de contrastadas tonalidades. Solo un hedor, de desagüe de fábricas lejanas, a rachas, y muy atenuado porque era enero, invadía  las narices, desvirtuando un tanto  la armonía de aquel hermoso entorno.
     Tras cruzar majestuosamente el puente, los Reyes Magos y su séquito ascendieron hasta penetrar en el casco urbano más antiguo, recorriendo sus calles adoquinadas, cuyas aceras se vestían de gentes de todas las edades con gestos asombrados, alegres y expectantes. Asombrados porque aquel desfile constituía una fiesta reiterada con sabor a novedosa; alegres porque el color y la puesta en escena de quienes desfilaban, sin importar el frío ni las medidas del trayecto, invitaban a la alegría; y expectantes –especialmente para los más pequeños– porque la posibilidad de ver la materia de lo que pedían se había puesto en marcha. Cuando el cielo se oscureció, las farolas de las calles aportaron un alumbramiento misterioso a la cabalgata, que seguía su recorrido alentada por los deseos y las esperanzas de muchos."
                                                                                                         (Cruzar el río, p. 80-82)


Gracias a quienes de una forma u otra formáis parte de la andadura de 



 Encontraréis el libro en:


          -LIBRERÍA UGARIT, Carreterica de Posete, 6, Cieza.
           

         -CASA DEL LIBRO



       
        -EDITORIAL TRES COLUMNAS




                                    
                                                              
                                                                 © Rosa Campos Gómez