domingo, 18 de julio de 2010

CUANDO EL SOL BAJA




Desde el Levante murciano tengo la referencia de Andalucía que mi imaginación, a su capricho, ha ido elaborando con la información que sobre allí me ha llegado. Me penetró en generosas cantidades ya desde mi infancia, especialmente por la música que se cantaba en casa, la que se escuchaba en la radio y la que iba a ver y escuchar con mis padres desde mi niñez más primitiva, música que provenía en su mayoría del sur de la península. Eran temas de amor y desamor, y yo configuré mi primer imaginario particular, en buena parte, con la manera de expresar algunos de esos sentimientos. No visualizaba a sus habitantes vestidos con los atuendos folklóricos, y sí a gente con brío, con gracia, con pasión.
He visitado algunas provincias andaluzas a lo largo de mi vida: Jaén, Granada, Córdoba, Sevilla y ahora Cádiz. Siempre he ido con predisposición a recibir la belleza (sé de ella porque he vivido en tierra que sabe de estas cosas) de los paisajes agrestes; de los urbanos, poseedores de hermosa y variopinta arquitectura, y a escuchar y sentir la campechanía y la vitalidad de sus gentes. Nunca antes me imaginé ninguna ciudad de Andalucía como lugar donde ver la tarde oscurecerse entre púrpuras, naranjas, amarillos, azules, verdeazules y grises plateados. No caí en la cuenta de que en Cádiz habría un buen horizonte para acunar al sol en los atardeceres hasta que la puesta del astro de luz, ya en el primer día de mi estancia, me sorprendió callada y elegantemente.

martes, 13 de julio de 2010

En Cádiz

La ciudad de Cádiz en su casco antiguo ha supuesto una feliz escapada de una semana, es un excelente lugar para visitar en verano, ofrece una temperatura fresca y un viento intenso en ocasiones, pero cuando amaina es muy apetecible. Se respira un aire profundo y húmedo, como si el Atlántico se metiera por nuestras narices para expandir nuestros pulmones.
El horizonte manifiesta su curvatura planetaria, sí, el perfil de la Tierra que a mis ojos llegaba se veía redondo desde la balaustrada que mira a la playa de La Caleta. El faro, con los edificios a sus pies, es un atractivo bastión que puede hacer soñar ilustradas aventuras marinas. Había mucho pescado como guarnición y ¡paella con chorizo y jibia! – tenía buen comer-. La gente va sin prisa, es amable y es graciosa, por lo menos la que yo me encontré.
Posee una hermosa catedral, ondulada como las olas del mar, desde cuyas torres se observa agua por los cuatro costados, edificada en parte con sillares de piedra ostionera (roca con conchas incrustadas), es un proyecto de Vicente Acero, construida en el s. XVIII sobre los restos de la antigua catedral gótica que se destruyó en un incendio. En casi todas las calles se ven fachadas de casas señoriales, predominando las de decoración barroca. Son calles estrechas para hacer parapeto al viento y para aprovechar bien el suelo que no está en demasía. Contiene un gran número de plazas de todos los tamaños y un frondoso Parque Genovés, fortificaciones como el Castillo de Santa Catalina, un importante museo que alberga esculturas, pinturas y una gran variedad de objetos arqueológicos.
Mucho que ver y disfrutar en Cádiz, pero lo más importante es que he tenido la suerte de convivir con todos los que participamos en el Curso de escritura e ilustración de cuentos, impartido en la Universidad gaditana, ¡que mira al mar! Y esto ha sido todo un lujo. Sin duda que una semana en el sur de España, con buena gente, viene bien para dar un nuevo brío a los aspectos cotidianos.


Una porción del Balneario, el Castillo se Santa Catalina y los compañeros del curso, son las imagénes (playa de La Caleta en un día nublado) de la entrada anterior. Las fotos son de A. Díaz.

jueves, 1 de julio de 2010

INICIO

Iniciar algo es renovarse, y esto siempre ofrece perspectivas agradables.
Sirviéndome de la palabra me acerco a quien apetezca leer algunas de las que enebro. Y aludo al árbol en esta nueva andadura, porque ofrece un significado que embarga por su capacidad de unir, la tierra (lo material) con el cielo (lo intangible), lo concreto con lo abstracto, la renovación permanente a través de una actividad exuberante en según qué estaciones y sabia y vigorosamente discreta en otras, la facilidad de darse desde las raíces hasta las hojas, la estética de su belleza con la ética de su bondad, su luz y su sombra... Porque no es separación sino unidad, incluso de los opuestos, lo que declara el árbol, por eso ante su presencia me asombro y me recreo.


EL ÁRBOL DE LA VIDA
Me solazaré
con la sombra fresca del árbol,
y cuando a su copa suba,
me beberé
su luz a chorros.

Del Árbol de la Vida
yo me nutro.

                                         Rosa Campos

Con este poema se inicia el libro De Luz y de Sombra.