domingo, 21 de noviembre de 2010

EL PUEBLO SAHARAUI


                                   Página con ilustración correspondiente a "Las alforjas", Tres Historias.


Lo que ocurre con el pueblo Saharaui reclama una solución ético-política. Le sobran oportunismos políticos y miedos y tibiezas políticas globales.

En el 2000 salió a la luz un “librico” que se titula Tres Historias, las más breve de ellas es Las alforjas, dedicada a los niños saharauis en especial a Mustafá, un chiquillo que nos acompañó en casa un verano cinco años antes, y que nos enseñó a toda mi familia muchas cosas, una de ellas fue conocer y tomar consciencia de lo que sucedía con su pueblo desde hacía demasiados años. La transcribo a continuación.


LAS ALFORJAS
(A Mustafá, a todos los niños saharauis) 

Te voy a contar un cuento, créetelo como si fuera una historia verdadera.
El viento se mezclaba con la arena, todo lo revolvía…

Era un país no muy grande, existía en un lugar que me parece recordar empezaba por A, la misma letra por la que empieza amigo y amor.
Los habitantes de este país, no sé porqué, se tuvieron que ir de él.
Se fueron casi todos; partieron con las alforjas llenas y vacías.
Las alforjas llenas eran invisibles a simple vista. Las vacías eran perfectamente visibles. 
Te voy a explicar ahora cómo y porqué las alforjas visibles estaban tan deshabitadas que se podía ir de un rincón a otro de la tela sin que las manos tropezaran con nada cuando hurgaban dentro de ellas.
No llevaban leche porque se habían dejado la cabra.
No llevaban pan porque se habían dejado el trigo.
No llevaban dátiles porque se habían dejado la palmera.
No llevaban pescado porque se habían dejado el mar.
No llevaban la cabra, ni el trigo, ni los dátiles, ni el pescado porque unas circunstancias más fuertes que el viento más fuerte, les obligaban a dejar la tierra que les daba la leche de la cabra, el pan del trigo, los dátiles de la palmera y los peces del mar.

Ahora debes de estar alerta, muy alerta, para que entiendas cómo y porqué las alforjas invisibles estaban llenas, tanto que hasta el aire pensó que tendría que pedir permiso para filtrarse por entre los finísimos espacios libres que quedaban.
Estaban llenas de esperanza por volver libres como la luz y el aire a esa tierra que tenía su leche, su pan, sus dátiles y sus peces.
Dicen que cuando la luna estaba en cuarto creciente lanzaban incesantemente puñados de ilusión, de deseos de volver a casa, y que la luna los cristalizaba en cada grano de arena que se hacía presente.
Después llegaba el viento que todo lo revuelve, y depositaba granos de arena con luna en muchos países.
Aseguran que entonces, la ilusión y los deseos de volver a casa empezaron a crecer en todos los que sabían ver las invisibles alforja llenas.
Cierto es que estas alforjas llenas no era fácil de divisarlas a la primera, pero cuando alguien era capaz de verlas de verdad y de comprender por qué algunos vecinos del planeta llevaban un lado visible vacío y otro invisible lleno, entonces y solo entonces sucedía algo muy grande, tan grande como lo que empezó a observarse: que los pastores cuidaban rebaños, que los agricultores cosechaban trigo, que los palmeros recogían dátiles y los pescadores llenaban sus redes.
Dicen también que los niños de luna y arena de todos los lugares tienen los ojos limpios, y que si las alforjas visibles van llenas, las invisibles van más repletas que nunca de algo que es tan necesario para vivir como lo es la leche, el pan, los dátiles y los peces…, ¡de sonrisas!.

                                                                                                                                         Rosa Campos

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