domingo, 12 de diciembre de 2010

PRÓLOGO DEL LIBRO

LAS ESTRELLAS DE ROSA, NUESTRAS ESTRELLAS
“Sólo te pido que me bajes una estrella azul,
Sólo te pido que mi espacio llenes con tu luz”

(Pablo Milanés)

El relato poético que nos ofrece Rosa Campos nos sumerge de lleno en el imaginario infantil de la autora del que de inmediato nos apropiamos como nuestro. Un imaginario configurado por los recuerdos de Navidad en la casa de la abuela, el paso de los meses y las estaciones del año hasta las siguientes vacaciones, los juegos de los niños: “pelotas, rayuelas, combas, bicicletas, armónicas, flautas, camiones, tabas, parchís y muñecas y de tenis, más de una raqueta”, las tareas y los frutos del campo, las meriendas, los cuentos de duendes, ogros y hadas, el placer de pisar los charcos con botas de agua… y una historia envolvente, misteriosa que encierra en su interior secretos que se irán desvelando poco a poco.
Pero además la obra nos sumerge en un torrente multisensorial, una antología de los sentidos, en la que éstos se muestran con la fuerza de lo cotidiano, de lo vivido, de lo conocido y en ocasiones de lo por conocer.
El gusto, con las evocaciones a los guisos, el chocolate, el pan de higo, la humedad del agua en la boca, la tortilla de patatas…
El oído, en la algarabía de la familia reunida en la casa, el repiqueteo del agua de la lluvia, las risas y los habladores silencios de Luisa , el crepitar de la leña ardiendo, el trastear de la lumbre, todo lo que Manuel llama “los sonidos guapos”.
El dulce olor del chocolate en el fuego, del guiso en la olla, de la tierra humedecida o de las jumas de pino ardiendo.
La vista, prendida en el reflejo de las llamas de la hoguera en el semblante de los demás, en el brillo de los ojos de Luisa, en las guirnaldas que adornan la casa de la abuela en Navidad, el descubrimiento visual de “un mar gigante, bellísimo” y de las estrellas concéntricas, “estrellas propias brillando en la oscuridad”, unas dentro de otras que aparecen casi mágicamente en una antigua foto, entre los adornos navideños, en la harina de hacer tortas de cuchara o en la ceniza de la chimenea. Y envolviéndolo todo, el azul de los días color de cielo, de ternura, el azul lluvioso, nevado, del sol o de las estrellas e incluso el osado azul de pan de higo o de chocolate, que siempre creímos marrón.
Y el tacto, con las sensaciones de calor y frío: “la tarde se mostraba fría fuera de la casa y caliente y apetitosa dentro”, “sintió que algo fresco y cálido lo envolvía”, el contacto físico entre Manuel y Luisa, quien “le enmarañaba el pelo” o los empujones en el juego. La humedad de la escritura sobre el vaho de los cristales, las figuras hechas con la nieve, y esas estrellas, “dibujadas a punta de dedo” sobre la harina, la ceniza o la arena de playa.
Y tras la historia, como si de una caja china se tratara o de una de esas muñecas rusas que esconden otra en su interior, no por más pequeña menos bella, irrumpen los versos, latentes ya en todo el relato. Una Rosa escondida, como los grandes autores, tras la figura de otra poeta, Luisa, la niña-adolescente-ya casi mujer , regalándose en ese mismo universo infantil repleto de recuerdos y sensaciones, de golosinas, festivas canciones, inundado de azules, de blancos rosados, de anaranjados, de brillos, soles y estrellas, de “los besos que doy y me dan”., repleto de sueños y propósitos solidarios
(...)

P. Morcillo Valera

Lcda. Filología Románica. Univ. Murcia
Maîtrise Lettres Modernes Univ. Pau (Francia)





PARA EL LIBRO DE ROSA

Rosa tiene la extraña habilidad de saber entender y exponer en forma de poesía los sentimientos que, de forma oral, su familia le ha transferido y que ahora son tan válidos y necesarios en las nuevas generaciones, tan llenas de tecnologías que se olvidan de algo tan importante como la cultura oral, transmitida toda la vida.

Creo que en la educación de l@s niñ@s es necesario no olvidarnos nunca de esa tradición oral, que nos lleva a una formación desde nuestra más tierna edad deparándonos unos logros muy necesarios en ésta y en todas las épocas.

Si a esto le añadimos su tacto a la hora de saber plasmar en dibujos cada una de las poesías que ilustran el libro nos encontramos con un texto lleno de ternura y belleza, con el recuerdo de su infancia, y con hermosas ilustraciones.

Creo que es una manera muy sencilla de adentrar a las personas en la costumbre de leer prosa y poesía, donde nos conduce desde aquellos años de la niñez hasta nuestra edad.
(...)

C. Pérez Costa

Maestra
Cuentacuentos


© Rosa Campos

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