lunes, 26 de marzo de 2012

ESCUCHANDO A REMEDIOS MAURANDI

 

 Foto: C.  Navalón Vila


   Me sorprendió el tema porque no lo intuí a través del título. Tratarlo era arriesgado porque podía producir algún equívoco, pero no hubo lugar a ello debido a la claridad de la exposición y pluralidad de matices con que lo iba desarrollando, intentando hacerlo asequible a toda suerte de sensibilidades. " Mujeres corresponsables de la vida", era la conferencia impartida por Remedios Maurandi, en el Club Atalaya, dentro de las jornadas del 8 de Marzo organizadas por la Asociación Atenea.
Mi sincronía con el argumento tratado viene desde hace tiempo, en el que vengo defendiendo, dentro de la humilde parcela en que me muevo, aspectos que la profesora Remedios Maurandi expuso, mas, la novedad que para mí conllevó parte de su planteamiento merece ser comunicada y extendida, y esta novedad a la que me refiero y defiendo es la de saber vender -vender en el más noble y próspero sentido del término- lo que las mujeres han hecho a lo largo de la historia en cualquier rincón de nuestro planeta. La mujer como cuidadora de hijos, pareja, padres, vecinos, amigos, familiares (ámbito privado de la vida). Este fue el eje central de la conferencia.
Comprender la necesidad de que este trabajo, el de cuidar, que ha cultivado -no porque sea un producto que mana de ella de manera innata sino porque a través de su voluntad ha logrado esta capacitación-, llegue a los hombres y a las mujeres que perseveran en actitudes patriarcales o machistas. Cuando se opta por no elegir esa labor puede ser porque se cree que no dignifica ya que no les hace sentir estimados como profesionales; y en este punto cabe aclarar que, de palabra, la gran mayoría aplaude el trabajo de la mujer en el hogar, en el que atiende desde todos los flancos a la familia, sin embargo en la práctica son pocos los hombres que eligen participar -aún reconociendo que actualmente son más que en cualquier tiempo anterior-. Por otra parte, las mujeres que siguen cuidando de los suyos sin colaboración del hombre, y lo compatibiliza con la profesión que pueda ejercer fuera del territorio doméstico, vive esta compatibilidad desde una zona rayana a la extenuación. Y cuando se ve sobre ocupada y tiene que renunciar a algo, suele decantarse por continuar con trabajo externo, porque la sociedad ya se ha encargado de que sienta que es ése el que más mérito tiene. Y lo que es urgente es que se sepa que ambos alcanzan mérito, que en los dos es bueno que estén los dos.
El hombre, a través de la historia, ha sabido vender bien los puestos que ha ocupado en cualquiera de sus áreas laborales, hasta el punto de hacerlos hegemónicos, como profesiones que encumbran a la sociedad. Áreas laborales que a la mujer le fueron restringidas y que va conquistado -sin necesidad de permiso del varón- porque le resultan atractivas. Pero si solo nos ocupamos de estas áreas de trabajo externo, donde el mercado impera, se merma la calidad de vida, y no me refiero a la calidad que nos anuncian los mercados, si no a la de las relaciones, esas que necesitamos para ser humanos. Se necesita una transformación que devuelva lo esencial de la vida, para que ésta nos depare o nos restituya el goce de vivir.
A las mujeres, porque lo conocemos de primera mano, nos toca evidenciar el valor intrínseco y el efecto que nuestra labor de cuidadoras, a través de los tiempos, ha aportado a la sociedad y el riesgo que corremos si se deteriora. Es necesario hacer crecer la mentalidad en aquellos hombres y mujeres que alberguen la idea de que confiere más valor al trabajo externo que el privado.
El declive de esta sociedad capitalista se está demostrando, el mercado laboral remunerado absorbe a una cantidad de trabajadores en una espiral que no les permite respirar junto a sus familias. Los parados de la faena externa que no reciben sueldo se sienten marginados del mundo, no útiles. Ante la insatisfacción, más o menos solapada, que esto supone salgamos de ahí y vayamos a un mundo donde prevalezca y predomine por encima de todo el cuidado de nuestra gente , desde un terreno en que el oficio pagado sea más valorado si nos permite tener tiempo para escuchar a nuestra pareja, para estar en la mesa con nuestros hijos el tiempo que ellos necesitan, para atender a nuestros mayores. Unos oficios y unos tiempos así administrados emplean a más personal en los dos campos y, psicológicamente, reportan más salud a la comunidad.
Ante la duda de que este tema pueda resultar farragoso en esta explicación que pretendo, recapitulo para terminar: el cuidado de la familia nunca ha sido remunerado, y lo que no percibe dinero pasa a ser invisible, o cuando menos, infravalorado, el que tiene valor es el trabajo externo, el pagado, el que hace que puje al alza el perfil del individuo en la sociedad, cuando todos sabemos, o deberíamos, que si la mujer no hubiera cumplido con esa actividad no remunerada el devenir de la vida se hubiera colapsado.
El oficio de cuidar se cimenta al amar al otro –este otro como genérico de hombre y de mujer-, al descubrir que nos necesita y que lo necesitamos. La mujer ha cultivado el oficio del afecto, el de entender cuando alguien necesita ser atendido y el tiempo que requiere esta atención. Ésta es una tarea con pluralidad de vertientes o de ramificaciones que, combinada con la tarea externa y practicada por ambos géneros, augura más justos y mejores tiempos. Más oficios considerados y valorados, más reparto de faenas, más disfrute de lo que de verdad importa, más cuidado de la vida.
Las mujeres como maestras y operarias de un oficio necesario para la humanidad -el más necesario para no morirnos de hastío, de miseria, ni de soledad-, debemos ofrecerlo a la sociedad para compartirlo en beneficio de ambos géneros en todas sus edades. La evolución va por este camino y no hay atajos, mejor dicho éste es el atajo .

N. Una idea fundamental para trabajar ciudadana y políticamente es la de otorgar una digna pensión de jubilación a todas las mujeres que se han dedicado a cuidar de su familia y no han percibido un salario con el que pagarse las cuotas de la Seguridad Social. Hay muchas más cuestiones, y está en nuestras manos exponerlas , defenderlas y reivindicarlas.

                                                                                                                                         Rosa Campos


( Publicado en Los periódicos El Mirador de Cieza y enciezadigital.com.
Mi agradecimiento a Conrado Navalón que se ha hecho eco en su blog ¡Hola!¿Qué tal?  )

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