miércoles, 23 de abril de 2014

LEER A GARCÍA MÁRQUEZ . Día del Libro ( I )


(Hoy , 23 de abril, Día del Libro, han sucedido cosas importantes de las cuales  iré comentando más adelante algo -especialmente de mi encuentro con los niños en la Biblioteca Municipal `Padre Salmerón´, de Cieza-, pero la muerte de Gabriel García Márquez, por todo lo que representa, he considerado necesario que saliera hoy.)






EN EL VIVIR

Leer a García Márquez

NOTICIA DE OPINIÓN DE ROSA CAMPOS




   Que la palabra escrita puede ser la montaña, o lo titánico, lo vemos en García Márquez.  Cuánto más se supo de Colombia y de Latinoamérica  a partir de Macondo y de sus habitantes, y  especialmente a partir del trabajo extenso de su autor, cosa que enorgullece a los que comparten la misma geografía y el mismo idioma que quien ha sabido crear mundos físicos, emotivos, sensoriales, poéticos…, colectivos a la vez que individuales. Qué lujo poderlo leer desde la lengua común, y qué suerte que haya traductores.
     Aunque su pérdida sea muy sentida, hoy no se puede decir que  la Literatura  esté de exagerado triste luto por la desaparición de Gabo, porque de él ha recibido un ingente legado; en cambio, sí está más sensible porque se reactiva un gran pilar. Está de un luto sensible y edificante, en el que la palabra gracias reverbera.
    Gabriel García Márquez, ha dejado una estela ingente y no obstante próxima  en la literatura. Todos hablan de él con admiración y respeto , y escuchar lo que dicen no solo no cansa sino que hace todavía más atractiva y apetecible la lectura o relectura de sus textos (novela, relato, reportajes). Su agente literaria, Carmen Balcells, ha dicho que «lo mejor de la literatura de García Márquez empieza ahora, porque acaba de nacer una religión: el “gabismo”», pero  independientemente de que su vaticinio se cumpla, de lo que si estamos seguros es de que hablamos de un Maestro, cuya palabra e imaginación se nutrió en parte  de la Literatura Oral transmitida por sus abuelos  Tranquila Iguarán y Nicolás Márquez.
Recuerdo la primera vez que descubrí las palabras escritas en Cien años de Soledad, y cómo me engancharon para sucesivas lecturas  –a continuación leí varias de sus novelas, siendo bastantes más las que no he leído, por ahora–.  Era el verano del ochenta y tres cuando entré en una librería ciezana y me compré  Cien años… –lo  hice porque todos los comentarios que escuché sobre este libro eran incitadores a su lectura–. Iría  por algo menos de  la mitad de las cuatrocientas cuarenta y ocho páginas que contiene el volumen perteneciente a la quinta edición de la Selección Austral, cuando una tarde de agosto  llamaron a mi puerta, dejé a Macondo y a los personajes que se movían entre sus páginas,  y fui a abrir. Al saludar a la visita que me llegó noté que mi voz sonaba algo distinta, como ahondada,–sumergida todavía en aquel mundo mágico, diferente y sin embargo comprensible, conocido posiblemente a través del inconsciente colectivo–, me sorprendí y traté de rescatarla de aquel lugar donde se había quedado prendida.  Que yo recuerde, esto solo me ha pasado con este libro, aunque sean muchos otros  los que me han conmovido, los que me siguen gustando,  y a los que vuelvo a releer  de vez en cuando. Nunca volví a  releerlo, pero la magia que sentí ante aquellos personajes, ante aquellas historias y ante aquellos acontecimientos es inolvidable: la atmosfera, los olores, la lluvia, los caracoles, las mariposas amarillas, los pescados que el coronel Aureliano Buendía hacía cada día y deshacía cada noche, y sus numerosos hijos paridos de numerosas madres, la pollera hasta el cuello que Remedios la bella se hizo  para no enamorar y matar con su hermosura a ningún hombre cuando iba a la playa a bañarse, la mortaja de Amaranta, la cal de las paredes que se comía Rebeca, las lluvias torrenciales, las tórridas pasiones, la calima… Quizá no sea exactamente como lo recuerdo y haya confundido algún nombre o suceso, pero eso es lo de menos, lo que sí es importante es la facilidad de visualizar ese mundo y la fascinación que sentí hacia lo creado por García Márquez desde el despliegue de su imaginación y la inteligencia en el uso de la palabra.
       Luego vino El amor en los tiempos del cólera, otro gozo, y así las siguientes.

       El  que Cien años de Soledad y tantos títulos de su gran producción gusten –con las excepciones naturales–  a tanta y variopinta gente ya es en sí un aval, haciendo  de su obra –que  pertenece a la riqueza colectiva– un sinónimo de unidad dentro de la dichosa diversidad. Por todo esto y mucho más, leer a García Márquez es como un agasajo que nos hacemos a nosotros mismos.

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