martes, 27 de noviembre de 2018

`VENTANAS, UNA MIRADA EDUCATIVA´, OBRA DE JOSÉ VÍCTOR VILLALBA




Ventanas, una mirada educativa es la obra que José Víctor Villalba expone en la Sala  `La Pecera´ del Museo de Siyâsa. Una muestra que invita a entender para integrarnos con el paisaje a través del lenguaje plástico, contagiándonos de ese impulso medioambiental. 
Seguir a este artista ciezano en su trayectoria es conocer el nervio creativo de un hombre joven y, no obstante, curtido en el uso del color y de la forma –con sello propio, diferenciador–, que disfruta comunicando con una estimulante dicción pictórico-poética lo que el entorno le sugiere. Con él comprendemos a la Naturaleza y su conjugación de fuerzas en las gamas cromáticas de un territorio agrícola que él bien conoce en cada una de sus estaciones, y así nos lo ofrece: nos encontramos con el esplendor de la luz ciezana y con la amalgama de tonalidades que se derrama en sus campos; 

pero también observamos su voz crítica en trabajos que describen el desasosiego que le produce la desatención y el descuidado que volcamos sobre la tierra que nos acoge y que se entrega a nosotros sin reservas -la metáfora de la ventana en una perspectiva desequilibrada a nuestra mirada es un buen reflejo de este aspecto-. 
Son veintiuna expresivas ventanas en acrílico sobre tabla, bastantes de ellas cubiertas con metacrilato, también pintado, que al unirse procuran un interesante resultado estético que se puede considerar casi accidental, debido a que a la habilidad del concepto artístico que se quiere transferir se une esa técnica que requiere rapidez de ejecución en la estampación de la pintura entre uno y otro soporte (tabla y metacrilato), y en la fusión de ambas capas para generar una sola imagen.



Concepto, espontaneidad y trazo suelto, amplio y seguro, se conjugan para decirnos que mirar lo que nos rodea es necesario, porque eso está ahí para enriquecernos el vivir. Es un placer asomarnos a estas ventanas para no ignorar esos verdes genuinamente mezclados, matizados, junto a los amarillos, rosas, violetas, tierras, azules quebrados, ya tenues,  ya esplendorosos las más de veces... Hay fuerza y delicadeza, cálidos y fríos, más puros que quebrados… La vitalidad que el autor despliega es la que traslada a cada trazo sobre el soporte, no hay tristeza en esa mirada a la que nos invita, ni siquiera cuando nos increpa o advierte con la intención de que cuidemos ese espacio al que a veces no sabemos cuidar como es debido, por lo que estas ventanas vienen a ser como una medicina contra la apatía.

Como espectadores dispuestos  a la educación constante, el tema nos induce a pensar que nos hallamos dentro de un edificio a través de cuyos vanos miramos, un edificio metafórico, que puede ser cercenador de libertades e instrumento de aislamiento, de desidia y hasta de barbarie frente a lo que nos circunda o, por el contrario, pueden ser miradores desde los que podemos disfrutar de lo bueno, cambiando lo que sea preciso para expandir horizontes de sana integración hacia lo que nos cuida, porque la Naturaleza es nuestro pulmón y nuestro alimento.
                                                                   © Rosa Campos Gómez

Fragmentos pertenecientes a los dos ilustrativos textos que completan el catálogo de exposición de esta excelente muestra que  hasta el día 9 de diciembre podemos mirar en el Museo de Siyâsa (Cieza).








martes, 20 de noviembre de 2018

FRANCISCO JAVIER ILLÁN VIVAS ESCRIBE SOBRE `CRUZAR EL RÍO´

Mi enorme agradecimiento a Francisco Javier Illán Vivas por escribir sobre Cruzar el río:

Cruzar el río, de Rosa Campos Gómez (Reseña nº 855)



Rosa Campos Gómez
Cruzar el río
Editorial Tres Columnas, mayo de 2018
Segisa, el pueblo que Rosa Campos nos presenta en su más reciente novela, puede ser cualquier pueblo de cualquier lugar, aunque su nombre nos pueda recordar a...>>



lunes, 19 de noviembre de 2018

`LUZ DE COBRE´, DE PEDRO ANTONIO MARTÍNEZ ROBLES




Entrar a un libro como si fuera a un paisaje, al interior de una casa, a una abacería, a una escuela, a una barbería, a unas calles…, además de al interior de sus personajes, y sentir que todo me era conocido es lo que me ha ocurrido  con la novela Luz de Cobre (Ed. Tres Fronteras), de  Pedro Antonio Martínez Robles (Calasparra). 
Entre sus páginas encontramos la sencillez, en apariencia, de unas vidas que esconden muchos entresijos, en un tiempo de posguerra, duro, más cuanto más pobre se era.

El  Pardico y Camila Olivenza  -personajes centrales, que mantienen una especial relación amorosa- poseen unas características de gente de pueblo de aquellos años, 1945-1953,  que  trascienden lo típico para pasar a ser singulares en esta  historia narrada por Marcos (que pertenece a una familia que rebosa ternura), quien desde niño tiene como amigos constantes al Pelao, al Julián de la Juliana y al Jeromín, cuyas experiencias añaden frescura, calidez, dolor, picaresca e ironía, todo en unas medidas bien proporcionadas para introducirnos en aquel tiempo, mostrándonos las injusticias,  las desgracias, la humanidad que también entraña el egoísmo que brota de la necesidad -“…y en medio de mi pena, otra vez me afloró ese sentimiento de egoísmo que viene algunas veces sin que lo llamemos ni podamos remediarlo porque está en no sé qué parte íntima de nosotros y no podemos dominar, aunque nos avergüence cuando se nos presenta en la cabeza: tuve el temor (…) de que la poca salud del Pardico acabara llevándoselo de este mundo sin darle tiempo a hacer testamento y nosotros nos quedáramos sin nada..." [dice Marcos de su pesar por ese sentir a cerca de un hombre al que siempre quiso, respetó y cuidó como a un padre]-, y la esperanza que reside en la nobleza íntima, cuyo vuelo sobrepasa a cualquier tragedia o drama que pueda deparar el estar en una posguerra en la que el poder de la fuerza quiso que hubiera vencidos humillados y en la miseria, pero  en la que también hubo buenas y agradecidas personas que supieron dar luz -… lleva este dinero a tu padre y dile que es para que ponga la luz en su casa. Dile que  guarde los candiles y las lámparas de aceite, que eso es ya de otro tiempo”-.
La  placeta de la iglesia de San Telmo, la Casa del Comendador, los Tunelillos, el Barranco del Agua, los bancales, las calles, el horno… Todo ese mundo pertenece también al mío, un mundo en unos años en los que, como el propio autor, tampoco viví, pero al que él nos acerca, y no solo al territorio calasparreño (al que ambos pertenecemos)  sino de al de tantos pueblos... Tiempo y espacio literario en el que P. A. Martínez Robles nos cuenta la trama compuesta por unos personajes que ha habitado de sentimientos,  de deseos, de onirismos, de muertes, de temores y angustias; con un vocabulario rico, a veces recio y siempre claro, a través del que entendemos y comprendemos el porqué de que esta narración pueda ser tal y como la relata. 
La intrahistoria junto a la creación artística, como trasfondo y como escenario,  mas la empatía hacia esos seres que sufren ese pasar de los días con unos derechos tan mermados, hacen de Luz de cobre un férreo y conmovedor libro.



                                                                             © Rosa Campos Gómez